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Opinión

Política y redes sociales, ¿la tormenta perfecta?

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Desde la trama rusa en las elecciones presidenciales norteamericanas que ganó Trump, hasta el referéndum de Cataluña del 1 de octubre, nuestros estudios dicen que las redes sociales no siempre contribuyen a la limpieza del proceso democrático. Facebook, Google y Twitter tienen mucho que explicar….

Barack Obama revolucionó la política con el uso de Internet y las redes sociales en 2008. Lo explica muy bien su jefe de campaña de entonces, David Plouffle en una obra (“The Audacity to win”) que cito en el primero de mis seis libros sobre el presidente Obama (“Obama y el liderazgo pragmático”, Profit, 2010). En la campaña electoral presidencial norteamericana de 2015 y 2016, Hillary Clinton quiso emular a Obama, pero Donald Trump sorprendió a todos comunicándose directamente con 20 millones de potenciales votantes a través de Twitter. Trump dejó de lado los medios de comunicación convencionales en prensa, radio, televisión e Internet, si no le eran afines (casi todos, con excepción de Fox News), a los que denominó, entonces y ahora, fake news (noticias inventadas). Trump quitó en campaña legitimidad a los medios “serios”, con periodistas informados y fuentes (“Hillary versus Trump, el duelo del siglo”, Eiunsa, 2016, donde lo explico en detalle) para concedérsela a las redes sociales, por este orden, Twitter, Facebook y Google. Y Trump ganó las elecciones el 8 de noviembre de 2016, saltándose a la torera a los medios y usando solo Twitter, Facebook y la Fox (simplifico y resumo) y, durante su primer año como presidente, ha gobernado a golpe de tuit y el consiguiente decreto ley. (“Trump, año uno”, Estudios Económicos y Políticos Internacionales, noviembre, 2017, donde doy buena cuenta de ello).

El uso de las redes sociales en campaña electoral presidencial de la primera nación de la tierra ha revolucionado la política y la forma en que nos informamos. Si esto sucediera en un país ignoto del tercer mundo, quizá no sería relevante para nosotros, pero se suponía que Facebook, Google y Twitter salvarían la política, ya que la buena información eliminaba los prejuicios y la falsedad. Algo ha ido muy mal. Hay abierta una profunda investigación sobre la influencia de Rusia mediante redes sociales en las elecciones presidenciales norteamericanas, a favor de Trump y en contra de Hillary Clinton. Si el fiscal especial Robert Mueller prueba la involucración del yerno de Trump (Jared Kushner) y otros asesores presidenciales (Paul Manafort, Michel Flynn -quien ya ha confesado-, etc) en la “trama rusa”, el presidente podría ser juzgado (proceso de impeachment) y su presidencia finiquitada. También se está investigando la involucración del Kremlin en las recientes elecciones ucranianas y, más cerca de casa, se nos ha alertado de la participación de 500 hackers rusos (que trabajarían para el FSB, antiguo KGB) en el referéndum catalán del 1 de octubre, en que, “allegedly”, supuestamente, los rusos habrían apoyado a los independentistas mediante anuncios en redes sociales por valor de 200 millones de euros (si se demuestra que es cierto, cuando menos habrá que reconocer que, en cuestión de dineros, los rusos disparan “con pólvora del rey”), para desestabilizar al gobierno de España. Lo mismo parece haber sucedido en las elecciones recientes tanto alemanas como portuguesas.

El arte de la negociación política

EN 1962, un politólogo británico, Bernard Crick, publicó “En defensa de la política”. Argumentó que el arte de la negociación política, lejos de ser lamentable, permite que personas de diferentes creencias vivan juntas en una sociedad pacífica y próspera. En una democracia liberal, nadie obtiene exactamente el 100% de lo que quiere, pero todos en general tienen libertad para llevar la vida que elijan. Sin embargo, sin información decente, civilidad y conciliación, las sociedades resuelven sus diferencias recurriendo a la coacción, cuando no a cosas peores.

Cómo se habría sentido consternado Bernard Crick por la falsedad y el partidismo exhibidos en las audiencias del comité del Senado norteamericano que investiga la participación de las redes sociales Twitter, Facebook y Google en las elecciones americanas. No hace mucho, las redes sociales mantuvieron la promesa de una política más ilustrada, ya que la información precisa y la comunicación sin esfuerzo ayudaron a las buenas personas a expulsar la corrupción, el fanatismo y las mentiras, al menos por un tiempo. Hubo ignorantes, como el director de una conocida empresa de “arquitectura de marcas” que, en 2012, un año después de la Primavera Árabe, seguía sosteniendo que “gracias a las redes sociales la primavera ha llegado a Oriente Medio”. Su ignorancia era supina: un año después de la Primavera Árabe de 2011, en el poder de Turquía, Túnez, Argelia, Marruecos, Siria, Jordania, Egipto y otros países había, bien dictaduras teocráticas (los Hermanos Musulmanes en Egipto, que prohibieron el uso de redes sociales) o de “hombres de hierro”, como sucedió en Turquía y Argelia. De los jovencitos egipcios que ponían inocentemente tuits en contra de Mubarak en la Plaza Tahir (loable su entusiasmo, que les llevó a cárceles yihadistas, peor que las de el dictador) se sabe bien poco…

Facebook reconoció que antes y después de las elecciones estadounidenses del año pasado, entre enero de 2015 y agosto de este año, 2017, 146 millones de usuarios pueden haber visto la información errónea de Rusia en su plataforma. YouTube de Google admitió 1.108 vídeos vinculados a Rusia y Twitter a 36.746 cuentas rusas. Lejos de traer la luz, las redes sociales han estado difundiendo veneno.

El problema de Rusia es solo el comienzo. Desde Sudáfrica hasta España (Cataluña), la política se vuelve más fea. Parte de la razón es que, al difundir la falsedad y la indignación, corroer el juicio de los votantes y agravar el partidismo, las redes sociales erosionan las condiciones para la negociación que, según Crick, fomenta la libertad.

El uso de las redes sociales causa tanto división como amplificación. La Gran Recesión de 2007-2009 avivó la ira popular hacia una elite adinerada que había dejado a todos los demás atrás…, y más empobrecidos. Las guerras culturales, éticas, morales, han dividido a los votantes por identidad ideológica en lugar de por clase social. Tampoco las redes sociales son las únicas en polarizarse: basta mirar la televisión por cable y la radio, en Estados Unidos. Pero, mientras el caso de la cadena Fox News es familiar y conocido, las plataformas de medios sociales son nuevas y aún poco conocidas. Y, debido a cómo funcionan, ejercen una influencia extraordinaria. Es lo que hace el ex asesor presidencial de Donald Trump, Stephen Bannon con Breitbart, desde la extrema derecha. Pero también sucede en la extrema izquierda. En el caso de Estados Unidos, no lo digo yo: según The National Bureau of Economic Research, Stanford University, Brown University, American National Election Studies, Pew Research Center y Advice Strategic Consultants hemos hecho en 2017 un estudio conjunto (Estudio Advice de Éxito Empresarial aplicado a la política) para, estudiando las elecciones en Norteamérica y en las principales economías de Europa (Alemania, Reino Unido -Brexit-, Francia, Italia y España) entre 1997 y 2017, proceder a identificar los perfiles de los votantes mediante el uso de Internet y las redes sociales por variables cruzadas socio demográficas y socio económicas.

El negocio de los medios sociales

“Los medios sociales” ganan dinero subiendo fotos, publicaciones personales, noticias y anuncios…, que subrepticiamente, van dirigidos a los votantes. Pueden medir cómo reaccionamos, saben cómo meterse en nuestra piel para conocer cómo pensamos. Recopilan datos sobre nosotros para diseñar algoritmos que determinen qué llamará nuestra atención, en una “economía de atención” que mantiene a los usuarios desplazándose de un lugar a otro en Internet, haciendo clic y compartiendo, una y otra vez esos contenidos. Esto sucedió en las elecciones antes mencionadas y en el referéndum catalán del 1 de octubre. Cualquiera que se ponga a formar una opinión puede producir docenas de anuncios, analizarlos y ver cuál es el más eficaz. El resultado es convincente: nuestro estudio encontró que los usuarios en los países ricos pueden llegar a tener hasta 2.600 interacciones diarias en Internet (redes sociales), en campañas electorales, con el objetivo de influir políticamente. Y, por ello, Mark Zuckerberg (Facebook), Eric Smith (Alphabet-Google) y Omid Kordestani (Twitter) están siendo interrogados por los senadores en el Capitolio de Washington.

Sería maravilloso si el sistema de las redes sociales ayudara a que la sabiduría y la verdad salieran a la superficie. Pero no es así. Cualquiera que bucee en Facebook sabe cómo, en lugar de impartir sabiduría, el sistema elabora material compulsivo (adictivo) que tiende a reforzar los prejuicios de las personas y, en palabras de su presidente, Mark Zuckerberg,fomentar la envidia y otras bajezas humanas”.

Esto agrava la política del desprecio que se extendió, al menos en los Estados Unidos, en los años 90. Debido a que los diferentes lados (izquierda y derecha) ven distintas realidades en un mismo hecho, no comparten ninguna base empírica para llegar a un compromiso. Debido a que cada lado escucha una y otra vez que el contrincante no sirve para nada más que la mentira, la mala fe y la calumnia, el sistema tiene aún menos espacio para la empatía. Debido a que las personas son arrastradas a una vorágine de mezquindad, escándalo e indignación, pierden de vista lo que importa para la sociedad que comparten. En Estados Unidos, con el racismo y la desigualdad social se ha llegado no a las manos, sino a las armas, con múltiples asesinatos (Charleston, Ohio, Baltimore, Orlando, Las Vegas, etc). Y a la dura confrontación en Cataluña.

Esto tiende a desacreditar los compromisos y las sutilezas de la democracia liberal y a estimular a los políticos que se alimentan de la conspiración y el nacionalismo excluyente. Consideremos las investigaciones sobre el fraude en las elecciones rusas por el Congreso estadounidense y el fiscal especial, Robert Mueller, que acaba de emitir sus primeras acusaciones. Después que Rusia atacó a los Estados Unidos, los norteamericanos terminaron atacándose entre sí. Debido a que los redactores de la Constitución (John Adams, Hamilton, Jefferson, etc) querían “contener a los tiranos y las turbas”, las redes sociales agravaron el estancamiento y la polarización de Washington. En Hungría y Polonia, sin tales restricciones, las redes sociales ayudan a mantener un estilo de democracia no liberal que roza la tiranía demagoga. En Myanmar, donde Facebook es la principal fuente de noticias para muchos, ha profundizado el odio hacia los Rohingya, víctimas de la limpieza étnica.

¿Qué se debe hacer?

La sociedad ha creado dispositivos, como las leyes de propiedad intelectual, para sostener y controlar los medios tradicionales. Algunos piden que las compañías de medios sociales, como los editores, sean igualmente responsables de lo que aparece en sus plataformas; sean más transparentes y ser tratados como monopolios que necesitan ser rotos (las cinco grandes de Internet, son las mismas cinco grandes empresas norteamericanas por capitalización bursátil y las primeras cinco empresas tecnológicas del mundo: Apple, Google, Amazon, Facebook, Microsoft: un oligopolio en un universo de 7.000 millones de personas).

Cuando Facebook cultiva artículos en conjuntos independientes para verificar los hechos, la evidencia sobre que modera el comportamiento de los electores/votantes es mixta, por utilizar un eufemismo. Además, la política no es como otros tipos de habla; es peligroso pedirle a un puñado de grandes firmas (el oligopolio de que hablaba antes) que consideren lo que es saludable para la sociedad. Es una tiranía ejercida por unos pocos. El sistema democrático quiere transparencia sobre quién paga los “anuncios políticos” (como la trama rusa”, pero mucha influencia maligna se genera cuando las personas comparten descuidadamente publicaciones noticiosas apenas creíbles (no son verdad, vaya). Romper a los gigantes de los medios sociales podría tener sentido en términos antimonopolio, pero no ayudaría con el discurso político; de hecho, al multiplicar el número de plataformas, podría hacer que la industria sea más difícil de administrar.

Hay otros remedios. Las empresas de medios sociales deben ajustar sus sitios en Internet para que sean más claros sobre si una publicación proviene de un primo hermano político interesado o de una fuente de información fiable. Podrían acompañar el intercambio de mensajes con recordatorios del daño causado por la información errónea. Los bots, a menudo, se usan para amplificar mensajes políticos. Twitter podría rechazar lo peor o marcarlos como tal. Y YouTube eliminar los videos con informaciones falsas o denigrantes, por ejemplo, hacia las mujeres. Debido a que estos cambios afectan a un modelo comercial diseñado para monopolizar la atención, bien pueden tener que ser impuestos por la ley o por un regulador.

Se abusa de las redes sociales Lo que está en juego para la democracia liberal difícilmente podría ser más esencial. Una sociedad bien informada puede tomar mejores decisiones, evitar confrontaciones inútiles, lograr paz social y contribuir al bien común. Lo contrario suele acabar en dictadura, como escribió Alexis de Tocqueville.

jorgeJorge Díaz-Cardiel. Socio director general de Advice Strategic Consultants. Economista, Sociólogo, Abogado, Historiador, Filósofo y Periodista. Ha sido Director General de Ipsos Public Affairs, Socio Director General de Brodeur Worldwide y de Porter Novelli International; director de ventas ymarketing de Intel Corporation y Director de Relaciones con Inversores de Shandwick Consultants. Autor de más de miles de artículos de economía y relaciones internacionales, ha publicado una docena de libros, como Las empresas y empresarios más exitosos; Innovación y éxito empresarial; El legado de Obama; Hillary Clinton versus Trump: el duelo del siglo; La victoria de América; Éxito con o sin crisis; Recuperación Económica y Grandes Empresas; Obama y el liderazgo pragmático, La Reinvención de Obama, Contexto Económico, Empresarial y Social de la Pyme en España, Digitalización y éxito Empresarial, Trump, año uno, entre otros. Es Premio Economía 1991 por las Cámaras de Comercio de España.

Periodista especializada en tecnologías corporate, encargada de las entrevistas en profundidad y los reportajes de investigación en MuyComputerPRO. En el ámbito del marketing digital, gestiono y ejecuto las campañas de leads generation y gestión de eventos.

Opinión

Internet de las Cosas está transformando el negocio del deporte

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Internet de las Cosas en el Deporte

El negocio del deporte evoluciona constantemente, desde las expectativas de los aficionados y la gestión de los recintos deportivos, hasta las perspectivas y análisis de los jugadores. El acceso inmediato a todo tipo de información relevante en el mundo del deporte se está convirtiendo en un elemento crítico para el éxito deportivo y de gestión. El Internet de las Cosas (IoT, por sus siglas en inglés) está ayudando a crear unas ventajas competitivas tanto para los propietarios de los equipos y las diferentes competiciones como para los propios equipos y deportistas. A continuación, se detallan cuatro situaciones en las que el IoT está transformando el deporte a través de la tecnología de “recintos deportivos inteligentes”.

Interacción con los Aficionados

Los aficionados están exigiendo cada vez más datos y la tecnología está respondiendo, mejorando la experiencia de los aficionados a través de una mayor personalización. Desde pedidos de mejores asientos, novedades en los establecimientos comerciales, a puestos de información con pantallas táctiles interactivas. Por tanto, los recintos inteligentes ayudan a los aficionados a conectarse de manera divertida y emocionante con su deporte.

Imagínate llegar al estadio y recibir un mapa del recinto en el que se muestre el camino más rápido para llegar a tu asiento. Cuando quieras algo de comer, que puedas obtener casi en tiempo real información sobre la ubicación del establecimiento más cercano y con menos gente. Puede que quieras comprar algo en la tienda del equipo local, ahora podrías comprar y pagar sin tener que esperar largas colas. Esta es la tecnología de recintos inteligentes en acción.

Transporte

En la medida en la que los eventos deportivos y de entretenimiento atraen a más aficionados, la tecnología de recintos inteligentes puede mejorar la gestión de grandes aglomeraciones de tránsito y los problemas de aparcamiento, que son tan molestos para muchos de los asistentes.

Los sistemas de gestión de estacionamiento pueden ayudar a controlar el acceso en muchos aparcamientos, incluyendo parkings con reserva previa, enrutamiento de los vehículos, opciones de pago digital y otros. Esto puede facilitar todo el proceso, con mejoras en la experiencia del aficionado por un lado, y en las operaciones y eficiencia por otro.

Para los usuarios de transporte público, las señales digitales informan en tiempo casi real cuándo llega el próximo autobús o tren. Y es posible alquilar bicicletas eléctricas en puntos de toda la ciudad con tan solo acercar el Smartphone a ellas. Para los usuarios de transporte compartido, los estadios están estableciendo puntos de referencia para dejar o recoger pasajeros que mejoran el acceso de los aficionados. Finalmente, los mapas de tráfico en tiempo real pueden ayudar a optimizar la mejor ruta para llegar a casa.

Infraestructura

Gracias a la infraestructura inteligente, los sensores y cámaras inteligentes permiten visibilidad instantánea de las condiciones del recinto. Todo esto puede hacerse a través de aplicaciones que son tan fáciles de usar como el Smartphone al que estamos tan acostumbrados. De esta manera, es posible atender las reparaciones necesarias de manera proactiva en lugar de reactiva.

La infraestructura inteligente también está ayudando a los recintos a ser más eficientes en el uso de energía. Con soluciones de iluminación inteligente, por ejemplo, es posible ajustar la iluminación existente en el recinto y utilizar soluciones de Internet de las Cosas para ayudar a optimizar el uso de energía para esas actividades. Y las cámaras de video pueden dar información sobre los patrones de tráfico dentro del estadio para asegurar que los estadios pueden gestionar la demanda en tiempo casi real.

Seguridad Pública

Por último, pero también importante, la seguridad pública puede beneficiarse de manera muy importante de que los recintos estén equipados con más tecnología. Por ejemplo, los drones pueden mostrar a los asistentes sanitarios lo que está sucediendo en un accidente dentro del estadio antes de que lleguen al lugar del incidente. El potencial de desplegar un dron conectado y recolectar remotamente información de una emergencia podría ayudar al personal de servicios de emergencia a tomar decisiones y acelerar su respuesta.

Conclusión

Los recintos son como pequeñas ciudades. Como líder en tecnología para ciudades inteligentes, AT&T tiene una experiencia tecnológica única para responder a las cambiantes necesidades de los recintos deportivos.

Para atender estas necesidades específicas, AT&T Professional Services está colaborando con Threaded, una empresa global de estrategia y consultoría deportiva. Juntos, estamos asegurando que la industria del deporte tenga acceso a todo el potencial de los recursos que ofrece el IoT – brindando servicios de consultoría, datos, seguridad e innovación.

 

Chris Penrose, Presidente de Internet de las Cosas de AT&T
Es el responsable de dirigir las iniciativas globales de Internet de las Cosas de AT&T en todos los sectores verticales. Junto a su equipo operan a escala global para impulsar la estrategia y ejecución de conectividad de alta seguridad, plataformas, servicios profesionales y soluciones de IoT de extremo a extremo.
Es licenciado en Ciencias en Marketing y tiene un Máster en Administración de Empresas de la Universidad de Indiana.

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Opinión

Apple, el nuevo Gran Hermano de la industria TIC

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gran hermano

Al cierre de Wall Street, ayer, día 12 de septiembre de 2018, la acción de Apple valía 223,85 dólares, bajando un 2,60% en la jornada. Ese día Apple, como todos los meses de septiembre de todos los años, presentó sus nuevos productos al mercado, especialmente los nuevos iPhones y Apple Watch. Si, por ejemplo, uno de los cinco grandes bancos de inversión de Wall Street (Goldman Sachs, el primero) pierde 2,60 por ciento de su valor en una sesión se da por seguro que el Consejo de Administración se reúne “para analizar qué ha pasado y asignar responsabilidades”. El Consejo transmite al CEO sus decisiones, quien a su vez convoca al Comité de Dirección en sesión de crisis y procede a despedir a varios directivos -que se van a casa contentos, con varios millones de dólares de indemnización, bonus, etc- y elaborar una nueva estrategia de crecimiento. No es, en realidad, nada dramático: es como un juego, donde los jugadores conocen las reglas, sea en Goldman Sachs o en Apple.

Un vistazo a la evolución del valor de la acción de Apple en los últimos once años (el primer iPhone fue lanzado al mercado en 2007, aún vivía Steve Jobs) muestra que, cada septiembre, el día en que presenta sus nuevos productos, el valor de su acción decrece. Pero nadie llora y, si lo hace, es por alegría que no por pena: no en vano, Apple es la empresa con mayor valor bursátil del mundo y la primera en alcanzar el billón de dólares, equivalente al Producto Interior Bruto de España. Cierto que Amazon acaba de subirse al carro del billón de dólares de market cap; pero hay una abismal diferencia entre ambas empresas.

Amazon, desde su fundación en 1994 como librería pequeña online, solo ha presentado beneficios en una ocasión. Apple, en cambio es, desde que Steve Jobs cogió de nuevo las riendas de la empresa en 1996, una máquina de generación de beneficios. ¿Qué más quieren los inversores en una empresa que esta dé beneficios y reparta dividendos? Más aún, ¿Qué importa de dónde vengan? Como bien dijo el sucesor de Mao Zedong al frente de China, Deng Xiaoping, para explicar por qué un país comunista adoptaba el capitalismo de estado en 1982: “¿Qué importa si el gato es blanco o negro con tal de que cace ratones?”

Para los inversores, da igual si los beneficios de Apple provienen del iPhone, del iPad, del iPod, del Apple Watch, de los ordenadores Mac, o, si me apuran, incluso si la empresa hace honor a su nombre y se pone a vender manzanas de verdad, seguro que las vende a precio de oro, como los teléfonos. Como cada trimestre, en el segundo de este año, Apple batió récord de beneficios, de nuevo. Sus beneficios trimestrales equivalieron a la facturación anual de la mayor empresa informática del mundo, que no citaré por aplicar el refrán de “se dice el pecado, pero no el pecador”. El 65% de los ingresos de Apple proceden del iPhone. En el último trimestre fiscal las ventas solo crecieron un 1% más, equivalente a 29.900 millones de dólares en ingresos o, lo que es lo mismo, un 20% más que el año anterior. ¿Cómo es posible?, se pregunta el inversor. La respuesta está en el precio del iPhone, que se incrementó (qué coincidencia) un 20%.

Ganar mucho más dinero, aunque se venda lo mismo. Es la estrategia de Apple. Acertada porque, aunque Samsung tiene una cuota de mercado del 20,9% en la venta de teléfonos inteligentes, versus el 14,5% de Apple, de todos es sabido que esta factura, gana y vale en Bolsa mucho más que la otra. Y no sigo por aquí, por no hacer sangre…

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El público de Cook

Cito a los inversores más que a los frikis. El perfil del público que acude a Cupertino para escuchar a Tim Cook y ver la presentación de los nuevos productos ha cambiado radicalmente con los años. Si 28 años de historia sirven de referencia, diré que, en 1990, asistí a una presentación de los nuevos productos de Apple, por parte de Steve Jobs. Fuimos tres españoles: José Luis Cobas (hoy director de comunicación de Ferrovial), Osky Goldfried (editor de medios de comunicación tecnológicos y digitales) y un servidor.

Acostumbrado a ducharme hasta con el traje puesto, me sorprendió ver tanto hippie y tanto friki tecnológico, como en su momento lo fue el cofundador de Apple, Steve Wozniak, quien tuvo que abandonar la compañía (vaya, que Steve Jobs le despidió, como cuenta con detalle minucioso el gran biógrafo de Jobs, Walther Isaacson, ex director de Time y de Newsweek y autor de la monumental biografía titulada “Steve Jobs”, que ha inspirado dos películas sobre el protagonista, una interpretada por Ashton Kutcher y otra por Michael Fassbender) porque no quería democratizar la informática -como deseaba Jobs: “poner un ordenador en cada hogar”- sino dejarla en manos de ingenieros, como fue costumbre en el sector tecnológico-informático en los años 70 y 80.

Durante años, “expertos en informática”, gentes que hicieron de Apple su religión y referencia vital, acudieron a ver y escuchar a Steve Jobs en la presentación de sus nuevos productos. Pero estos fanáticos no dan a Apple de comer. En cambio, los inversores, sí. Y las masas, la población general (concretamente, 2.000 millones de clientes). Con Tim Cook, que venía de dirigir operaciones y finanzas, como nuevo CEO de Apple, el público que acude a Cupertino cada septiembre es muy distinto al primigenio. Hay más traje y corbata, hay más maletines que mochilas y hay más personajes interesados en saber el precio de los nuevos productos y la estimación futura de ventas, que en las nuevas aplicaciones, colores o innovaciones en el sistema operativo.

Y ayer los inversores se fueron a casa mucho más que contentos. Los tres nuevos modelos de iPhone lanzados ayer tienen un precio básico de, 750, 1,000 y 1,100 dólares. Y, de ahí, para arriba. Por supuesto son más caros que sus antecesores del año pasado. Son teléfonos más grandes, más rápidos y más caros, lo que permite al iPhone convertirse en un miniordenador, -sin pretender igualar, competir o canibalizar al iPad- que sigue una estrategia muy ingeniosa: los propietarios de los nuevos iPhones podrán acceder (pagando más, claro) a nuevos contenidos ofrecidos por Netflix y HBO, por ejemplo. Por cada suscripción hecha en App Store, Apple se lleva un 30% en el primer año y 15% cada año siguiente en que se mantiene la suscripción. La estrategia es lucrativa para Apple: los ingresos por servicios de Apple aumentaron 31% en el último trimestre, alcanzando los 9.550 millones de dólares.

Al consumidor final sí le interesan los nuevos modelos y, la experiencia de los 11 años previos muestra que no le importa pagar más dinero por ellos. Al fin y al cabo, es una cuestión de “estatus”, en Nueva York, en Dubai y en Madrid. Como lo fue durante años pagar cinco veces más por un café en Starbucks que en una cafetería, mostrando, eso sí, a todo el mundo el cafetito en la calle, el metro y el autobús, porque es símbolo de “estatus”. Con el iPhone pasa lo mismo y se prevé un incremento de la demanda no menor al 20% de los tres nuevos modelos lanzados el 12 de septiembre: iPhone XR, iPhone XS y el iPhone XS Max, cuyos respectivos precios de partida ya indiqué más arriba.

Por supuesto, hubo nuevos Apple Watch Series 4, con una pantalla más grande y, sobre todo, con funcionalidades asociadas a la salud de quien lo lleva. El precio de partida será de 399 dólares, a partir del 21 de septiembre.

Apple nos provee de médico en forma de reloj que, en realidad es un teléfono…; en 1984 Apple lanzó su famoso anuncio inspirado en la estética de la película Blade Runner (no es vano, su director, Ridley Scott, hizo el anuncio) por el que -sin nombrar a la compañía-, acusaba a IBM de ser el Gran Hermano que lo controla todo y a todos, como en el libro de George Orwell titulado “1984”.

Muchos se preguntan ahora quién es el nuevo Gran Hermano…

jorge diaz cardielJorge Díaz-Cardiel. Socio director general de Advice Strategic Consultants. Economista, Sociólogo, Abogado, Historiador, Filósofo y Periodista. Ha sido Director General de Ipsos Public Affairs, Socio Director General de Brodeur Worldwide y de Porter Novelli International; director de ventas y marketing de Intel Corporation y Director de Relaciones con Inversores de Shandwick Consultants. Autor de miles de artículos de economía y relaciones internacionales, ha publicado una veintena de libros, como Las empresas y empresarios más exitosos; Innovación y éxito empresarial; El legado de Obama; Hillary Clinton versus Trump: el duelo del siglo; La victoria de América; Éxito con o sin crisis; Recuperación Económica y Grandes Empresas; Obama y el liderazgo pragmático, La Reinvención de Obama, Contexto Económico, Empresarial y Social de la Pyme en España, Digitalización y éxito Empresarial, Trump, año uno, entre otros. Es Premio Economía 1991 por las Cámaras de Comercio de España.

 

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Opinión

Tráfico en las smart cities: los datos son clave para la seguridad y la ecología

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Smart Cities

Las smart cities son ya un sinónimo de progreso en las sociedades desarrolladas. Consolidar entornos urbanos conectados que nos otorguen una mejor gestión de la energía, se adapten mejor a las necesidades de sus habitantes y refuercen aspectos clave como la seguridad o el tráfico es uno de los retos a los que se enfrentan las administraciones en la actualidad.

Dado que se trata de proyectos que todavía están en proceso en la gran mayoría de los casos, todavía nos referimos al concepto smart city en clave de potencial. Según el reciente informe ‘Hacia la Ciudad 4.0’, de KPMG en colaboración con Siemens, el desarrollo de proyectos de este tipo en las ciudades puede suponer un ahorro de entre un 20% y un 60% para las arcas municipales, afectando a áreas como el alumbrado público, la edificación sostenible, la monitorización inteligente de presión y fugas de agua, las soluciones inteligentes para la recogida y tratamiento de residuos o las plataformas para la gestión del tráfico.

De la teoría a la práctica

Pero, conocida ya la teoría, ¿qué clase de acciones concretas deberían aplicar los gobiernos municipales para conseguirlo? Ante esta lista de posibles ámbitos de trabajo, resulta fundamental la gestión del tráfico en las smart cities. Este aspecto supone una gran oportunidad de avance ya que atañe a áreas que van desde el cuidado del medioambiente hasta la seguridad de los ciudadanos. Así, no cabe duda de que el pilar indispensable para su correcto desarrollo son los datos.

En el mercado actual están consolidadas numerosas aplicaciones y soluciones, tanto para particulares como para profesionales, que trabajan con datos del usuario –siempre garantizando el cumplimiento de toda la legislación como el GDPR– y que obtienen información sobre volumen de tráfico o posibles puntos negros que es ser de extrema relevancia para solucionar numerosos problemas viales.

Un ejemplo sencillo: imaginémonos una intersección donde se registra un número escaso de accidentes, pero donde no son pocos los conductores que se han visto obligados a dar un frenazo brusco para evitar una colisión o un atropello. Si solo nos ciñésemos a las cifras de siniestralidad, la conclusión que extraeríamos sería que no es necesario realizar ningún tipo de actuación en esta intersección, puesto que aparentemente no es un punto negro. Pero ¿qué ocurriría si el gobierno municipal recibiese información adicional sobre el alto número de frenazos repentinos en este punto? Como es lógico, las situaciones próximas al accidente no suman en siniestralidad, pero si son detectadas y analizadas, pueden ayudar a prevenir accidentes.

La seguridad vial es clave para el adecuado funcionamiento de las smart cities, pero otros aspectos lo son igualmente. Uno de los principales retos diarios de los conductores de ciudad, la búsqueda de aparcamiento, genera más congestión de tráfico y, como consecuencia, la emisión de un mayor volumen de gases de efecto invernadero. Saber con exactitud las áreas que más problemas dan a los conductores a la hora de estacionar también ayuda a elegir la acción más adecuada, ya sea la creación de nuevas zonas de aparcamiento, reorganizar la circulación o introducir señalización. De nuevo, trabajar con los datos adecuados de los recorridos que los usuarios tienen que hacer para encontrar plazas libres también facilitará la toma de decisiones por parte de las administraciones.

¿Cómo acceder a esta información? Basándonos en el respeto a la privacidad del usuario y con el GDPR como hilo conductor de estas acciones, una de las soluciones sería el uso de  plataformas abiertas con datos agregados (y, por tanto, anónimos), donde los gestores municipales puedan tener acceso a información verdaderamente relevante sobre volumen de tráfico y conducta de los usuarios. Las herramientas y los medios los tenemos ante nosotros; solo nos falta dar un paso al frente.

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Iván Lequerica
European Engineering Director
Geotab

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