Opinión
La virtualización deja de ser un debate técnico y pasa a ser una decisión estratégica de TI
Seguimos inmersos en un cambio profundo en la infraestructura digital. En los últimos 18 meses, la estabilidad que durante casi dos décadas había caracterizado a la capa de virtualización ha quedado erosionada por una crisis de costes implacable. Pero esto no es más que el síntoma de un desafío arquitectónico de gran calado.
La realidad es que la infraestructura está asumiendo tareas para las que nunca fue diseñada originalmente. Ya no estamos gestionando solo máquinas virtuales, ni siquiera máquinas virtuales con contenedores; estamos ante un equilibrio simultáneo entre sistemas heredados, aplicaciones nativas de la nube y las crecientes exigencias de la inteligencia artificial, cada vez más intensiva en GPU.
Para sobrevivir a este cambio, oirás con frecuencia la expresión “simplemente modernizar”. Pero es un término cargado de implicaciones: ¿cómo se supone que hay que abordar todas las inversiones ya realizadas? ¿Y si una aplicación no puede “modernizarse” o no compensa el gasto?
En lugar de añadir más jerga a un vocabulario ya saturado, conviene pensar en la unificación del stack de TI. Las máquinas virtuales, los contenedores y las cargas de trabajo de IA existen, en la mayoría de las organizaciones, aislados unos de otros. Pero gestionar cada uno de estos stacks por separado fragmenta recursos, habilidades y tiempo, y eso simplemente no es sostenible. La respuesta pasa por un enfoque de plataforma unificada, un único modelo operativo que permita que las máquinas virtuales, los contenedores y la IA convivan con un nivel de seguridad coherente.
¿Qué desafíos hay más allá de la plataforma?
Más allá de la plataforma, el obstáculo más importante es el humano. En este momento, a los equipos de ingeniería se les pide una misión casi imposible: mantener la disponibilidad total en el entorno antiguo mientras diseñan simultáneamente el nuevo. Se espera que hagan esa transición sin más personal y sin incumplir ni un solo acuerdo de nivel de servicio.
Esto, más que cualquier problema de plataforma, explica por qué los esfuerzos de modernización se frenan. La migración se ve como un simple cambio técnico, en lugar de como un riesgo empresarial complejo que atraviesa todo el entorno. El éxito requiere algo más que un nuevo hipervisor. Requiere visibilidad profunda sobre los sistemas existentes y opciones de retorno en cada etapa del recorrido. No se trata solo de pasar de una plataforma de máquinas virtuales a otra; se trata de un giro de fondo hacia una mayor agilidad a largo plazo.
Los servicios cloud ofrecen un atajo atractivo para afrontar este reto, y además uno fácilmente accesible y rápido de poner en marcha. Pero apostar por completo por un único stack de nube pública sacrifica atributos críticos del sistema, en particular la coherencia y la independencia operativa. Además, puede que ni siquiera sea una opción viable por restricciones regulatorias o de soberanía.
A medida que cambian las necesidades del negocio, también puede perderse la portabilidad de las cargas de trabajo, y surge un nuevo desafío: alinear los entornos existentes con los entornos cloud, que a menudo usan herramientas y estándares distintos. No queremos sustituir el problema de la virtualización por el mismo problema envuelto de otra manera; queremos elección real e innovación. Queremos la flexibilidad de la nube híbrida.
La nube híbrida es una opción controlable
La nube híbrida ofrece la elección que se necesita sin renunciar al control, ya sea por motivos de regulación o por necesidad de negocio. Se puede seguir recurriendo a servicios y recursos cloud cuando sea necesario, por ejemplo, para ejecutar modelos de IA de vanguardia muy intensivos, pero, por lo demás, las cargas de trabajo sensibles, como los agentes internos de IA, pueden mantenerse dentro de casa, en los propios sistemas. Y, sobre todo, la nube híbrida permite unificar distintos stacks, que es el problema de partida que la mayoría de los CIO intentan resolver. Esas máquinas virtuales heredadas, las aplicaciones cloud-native en producción y las cargas de trabajo de IA preparadas para el futuro pueden convivir en el mismo plano.
La crisis actual de la virtualización es un problema que hay que resolver, pero también es un catalizador de un cambio necesario. Es una invitación a dejar de gestionar el pasado y empezar a construir una plataforma capaz de sostener la próxima década de innovación.
Red Hat ya está ayudando a sus clientes a resolver este reto: el año pasado, el número de máquinas virtuales (VM) que se ejecutaban sobre Red Hat OpenShift Virtualization creció más de un 400%. Revisamos más de 1 millón de VM para su migración, y más de 400.000 llegaron a migrarse. Son cifras enormes, pero más importante aún es que detrás de esas cifras hay clientes que no solo buscan gestionar el pasado, sino construir un futuro sostenible.
Clientes de múltiples sectores están tomando el control de sus stacks tecnológicos y de sus propias hojas de ruta de innovación. ARSAT, BNP Paribas, EUROCONTROL, NASA JPL, Telenet, y muchos otros han elegido Red Hat para impulsar estos esfuerzos, ya sea migrando VM a una plataforma flexible y preparada para el futuro o preparándose para el punto de inflexión de la IA.
Debemos pasar de ser consumidores de tecnología a convertirnos en nuestros propios proveedores de servicios soberanos y escalables. No podemos controlar las fuerzas del mercado ni la dinámica global, pero sí podemos controlar nuestro destino tecnológico. La solución no está en un único producto, sino en un modelo operativo que cierre la brecha entre dónde viven hoy los datos y dónde necesita estar el negocio mañana.
Por Ashesh Badani, Senior Vice President and Chief Product Officer, Red Hat
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