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Cíborg, la próxima gran evolución del ser humano

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Borg

¿Qué es un cíborg? me preguntas mientras clavas en mi pupila eyerborg tu pupila azul“. Tal pudo ser la conversación entre Neil Harbisson y un funcionario británico cualquiera que, con la Ley de pérfida Albión en la mano, se negó en 2004 a expedirle un pasaporte. ¿La razón? La extraña antena que llevaba en la cabeza. Y es que, con la normativa en la mano, está prohibido emplear fotografías con aparatos electrónicos donde él los llevaba. El problema es que, a diferencia de aquellos casos por los que se estableció dicha norma (cuesta poco imaginar a un sinfín de adolescentes intentando documentarse en fotos con unos auriculares del tamaño de sandías), el artefacto electrónico de Harbisson cumple una función vital y, por lo tanto, puede considerarse parte de sí mismo. Lo que lo convierte, como él lleva muy a gala, en un cíborg.

Pero, ¿qué es un cíborg? El término, acuñado por Manfred Clynes (científico, músico e inventor) y Nathan Kline (doctor en medicina) en 1960 para referirse a la fusión de elementos (dispositivos) cibernéticos en un cuerpo orgánico (el de un ser humano, vaya). Su definición del término, en la traducción de la misma que puede encontrarse en Wikipedia, dice lo siguiente: Un cíborg es esencialmente un sistema hombre-máquina en el cual los mecanismos de control de la porción humana son modificados externamente por medicamentos o dispositivos de regulación para que el ser pueda vivir en un entorno diferente al normal. Por contextualizar, hay que recordar que la de los sesenta fue la década del gran desafío de Kennedy (y, claro, de Kruschev): la exploración del espacio.

Así, el planteamiento de Clynes y Kline abogaba por la integración de componentes electrónicos que permitieran al ser humano sobrevivir en condiciones en las que normalmente no podría hacerlo. Sin embargo, la figura fue rápidamente adoptada por por el mundo de las artes, y especialmente por el campo de la ciencia-ficción. No obstante, hay algunas voces que apuntan a que, en realidad, el concepto pudo estar inspirado en un dispositivo en el que el ser humano ya llevaba unas cuantas décadas trabajando: el marcapasos.

Sea como fuere, de manera muy reciente hemos dado un paso que nos acerca más y más a convertirnos en cíborgs. Me refiero, claro, a los wearables, sencillos dispositivos que nos permiten tener un mejor conocimiento de nuestras actividades diarias (como ocurre con los cuantificadores), nos mantienen conectados al mundo (al mundo on-line, se entiende) y, en ocasiones, nos ayudan a encontrar una calle y otras tareas sencillas. Por no hablar de dispositivos que miden de manera constante el nivel de azúcar en sangre u otros parámetros biológicos importantes para muchas personas. A día de hoy son gadgets que nos ponemos y quitamos a voluntad (o por necesidad). Sin embargo, la evolución lógica de los mismos es que, en algún tiempo, puedan integrarse directamente en nuestros cuerpos, pasando a formar parte de los mismos. Y aunque en un primer momento, pueda parecer una frivolidad (pensando, principalmente, en los usos lúdicos y profesionales de estos dispositivos), lo cierto es que hay un gran campo de posibilidades relacionadas con la salud y la calidad de vida, en los que dicha posibilidad, la de convertirnos en cíborgs, pasa de ser una frivolidad a convertirse en una gran opción.

Neil Harbisson

Es el caso, por ejemplo, de Harbisson, nacido con acromatopsia, una enfermedad congénita que afecta a la vista (concretamente a la retina) y que ocasiona que quienes la sufren sólo distingan blanco, negro, y todo el rango intermedio de grises entre ambos. Es, explicado coloquialmente, ver en blanco y negro. Pero, a diferencia de otras personas que sufren esa mismas enfermedad, Neil buscó y encontró una solución sorprendente, y que puedes ver en la imagen que hay sobre estas líneas: instalar en su cabeza un sensor que detecta los colores y (vía ósea) los transmite a su cerebro en forma de notas musicales. Sí, has leído bien. Su experiencia sensorial de la imagen (de aquello que ve) es, con Eyeborg, una combinación del elemento visual (en escala de grises) y notas musicales que le permiten saber qué colores está observando (aunque no sea capaz de distinguirlos).

Y tan importante es para él y para su vida diaria la aportación que el dispositivo hace en su vida que, para el joven artista, ya no es un complemento, sino que forma parte de el mismo, lo que le llevó a iniciar una batalla con el sistema legal británico para ser reconocido como un cíborg y, consecuentemente, que la fotografía de su pasaporte muestre el sensor que lo acompaña en su día a día. Una batalla de la que salió vencedor, y que abre puertas a que otras personas con dispositivos “integrados” (sigue sonando raro hablar de integrar un dispositivo electrónico en una persona) vean concedido un estatus en el que, dichos elementos, ya son son gadgets, sino parte de ellos mismos. Puede sonar raro pero… seguro que en su momento hubo quien encontró igualmente extraño eso de que una máquina regulara la función cardiaca de algunas personas.

Imágenes: North Texas Drifter y  Neil Harbisson

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