A Fondo
La Guerra Fría de los chips: la llave en la batalla por la inteligencia artificial
Plácidos canales flanqueados por sauces llorones y carriles bici, campos de tulipanes y molinos de viento… Es la estampa clásica de una idílica ciudad holandesa llamada Veldhoven, a poco más de 6 kilómetros de Eindhoven. Pero por esos carriles bicis transitan entre otros ingenieros y científicos de ASML, una empresa que tiene en sus manos nada menos que el futuro de la Inteligencia Artificial. Y es que aunque nos dejemos llevar por los lanzamientos de Google o los auncios de Nvidia o de OpenAI la verdadera llave la se rige por la física de la luz ultravioleta, la pureza atómica de los cristales de silicio y una guerra comercial que ha dejado de ser un duelo bipolar para convertirse en un conflicto de todos contra todos digno de la Guerra Fría.
Antes de empezar fijémonos en Wall Street. Si bien Nvidia protagonizó un rally histórico en 2023 y 2024 impulsado por la novedad de sus diseños, el ciclo ha comenzado a rotar. A medida que la compañía de Jensen Huang se enfrenta a la ley de los grandes números y a una desaceleración en su crecimiento explosivo, la neerlandesa ASML, la protagonista de nuestra historia, ha entrado en una fase de aceleración notable en 2025 y 2026. Este relevo bursátil no es casualidad sino que refleja el despliegue masivo de capital, estimado en más de 50.000 millones de dólares solo por parte de TSMC para este año, destinado a las herramientas físicas necesarias para fabricar la próxima generación de inteligencia artificial.

Es decir, una vez asentado el presente en lo que respecta al boom económico de la Inteligencia Artificial los fabricantes de semiconductores ya piensan en el futuro y para ello tienen que preparar sus fábricas a toda prisa para afrontar una demanda que está superando todas las previsiones. Pero para poner en marcha estas fábricas hay componentes clave que no son tan fáciles de conseguir. Es por ello que los inversores han entendido que el diseño del chip es vital, pero la máquina que lo imprime es insustituible.
Y precisamente la empresa que domina sin discusión este ecosistema es la mencionada ASML Holding N.V., una empresa de la que no es descabellado decir que su importancia estratégica supera a la de la mayoría de las naciones soberanas del mundo. Su monopolio sobre la litografía Ultravioleta Extrema (EUV) es el resultado de una complejidad técnica tan elevada que actúa como una barrera de entrada casi insuperable. Para comprender la magnitud de su dominio, basta con mirar la máquina en sí. Un escáner EUV moderno es descrito por expertos de la industria no solo como una herramienta de fabricación, sino como el dispositivo más complejo jamás producido en serie por la humanidad, rivalizando en precisión y complejidad técnica, según los expertos, únicamente con el Gran Colisionador de Hadrones.
El funcionamiento parece sacado de la sala de máquinas de la Estrella de la Muerte. Primero un generador dispara gotas microscópicas de estaño fundido a una velocidad de 70 metros por segundo. Luego un láser de alta potencia golpea cada gota dos veces: el primer impacto la aplana y el segundo la vaporiza en forma de plasma, emitiendo luz EUV de 13.5 nanómetros. Este ciclo se repite 50.000 veces por segundo en un vacío casi perfecto. El sistema óptico, suministrado por la alemana Carl Zeiss, utiliza espejos de una perfección tal que, si se escalaran al tamaño de Alemania, la irregularidad más relevante no superaría un milímetro. Esta precisión absoluta es necesaria para imprimir circuitos modernos sin margen de error.

Se trata de un proceso único que requiere una apuesta tecnológica sin precedentes… y sin embargo la soberanía de ASML sobre su propia tecnología es limitada. Aunque la empresa tiene su sede en Veldhoven, Países Bajos, el corazón de su máquina, la fuente de luz láser, proviene de la adquisición de la empresa estadounidense Cymer en 2012. Al contener tecnología crítica desarrollada originalmente en EE. UU., los láser de Cymer que son parte insustituible de las máquinas de ASML quedan sujetas a la jurisdicción de la «Foreign Direct Product Rule» (FDPR) de Washington, aunque la propiedad intelectual pertenece a ASML como dueña de Cymer. Este mecanismo legal permite a Estados Unidos vetar la exportación de estas máquinas a China, convirtiendo la innovación técnica en una herramienta de política exterior que pasa por encima de las decisiones de la Unión Europea.
Y aquí dejamos de hablar de tecnología que raya la ciencia ficción para hacerlo del triste panorama geopolítico que se nos presenta actualmente. Con las recientes tensiones provocadas por los Estados Unidos y sus aliados tradicionales en Europa es posible que los vaivenes diplomáticos por Groenlandia terminen por afectar al mapa mundial del desarrollo del hardware necesario para la Inteligencia Artificial. La administración Trump amenazando con imponer aranceles de hasta el 25% a bienes de varios países europeos y las reacciones de la Unión Europea aún se están gestando.
En este contexto de tensión, el dominio estratégico de ASML sobre la fabricación de semiconductores de menos de 7 nm ha emergido como una potencial arma comercial en manos de la Unión Europea. Analistas y expertos como el Premio Nobel Paul Krugman o investigadores como Johnny Ryan han señalado que Europa posee, en teoría, un punto de estrangulamiento perfecto: sin las máquinas de ASML y sus repuestos, la industria de IA estadounidense, liderada por Nvidia e Intel, se paralizaría en cuestión de semanas.

Voces en Bruselas, medios europeos como The Guardian y think tanks estratégicos han calificado a ASML como una bazuca comercial con enorme potencial para forzar negociaciones favorables con Washington y por ello al parecer la UE está posicionándose con creciente confianza para ejercer esta presión estratégica. El Instrumento Anti-Coerción (ACI), aprobado en 2023 y ya utilizado contra China, otorga a la UE herramientas legales potentes para responder a prácticas comerciales desleales, incluyendo restricciones selectivas sobre exportaciones críticas como las máquinas EUV de ASML.?
Para añadir más presión al ecosistema, Estados Unidos ha implementado un arancel del 25% sobre la importación de chips de IA avanzados, como los modelos H200 de Nvidia con China. Esta medida, diseñada bajo la premisa de seguridad nacional, actúa en la práctica como un impuesto a la exportación indirecta, buscando capturar valor de la desesperada demanda global y forzar la localización de centros de datos en suelo estadounidense, ya que las compras para uso doméstico están exentas. Esto ha generado un caos logístico, con informes de que China ha llegado a bloquear la entrada de estos chips gravados, prefiriendo la escasez o las alternativas locales antes que financiar al tesoro estadounidense.
Frente a este cerco tecnológico, China ha optado por una estrategia de resistencia basada en la fuerza bruta y la innovación radical. Sin acceso a las máquinas EUV de ASML, el fabricante chino SMIC y el gigante Huawei han logrado producir chips de 7 y 5 nanómetros utilizando máquinas más antiguas mediante una técnica conocida como multipatrón. Este proceso implica exponer la oblea de silicio tres o cuatro veces para cada capa del circuito, lo que multiplica exponencialmente el riesgo de errores de alineación. Como resultado, los rendimientos de producción son bajos, estimados entre el 30% y el 50%, frente al estándar del 90% de la industria. Para Pekín, este coste exorbitante no es una pérdida financiera, sino el precio inevitable de su seguridad nacional.
Más allá de la supervivencia inmediata, China está ejecutando su propio «Proyecto Manhattan» para romper el monopolio de la luz que ejerce ASML y controla Estados Unidos. En laboratorios de alta seguridad en Shenzhen, ingenieros trabajan en un prototipo de escáner EUV que utiliza una tecnología de fuente de luz diferente llamada LDP, mecánicamente más simple pero de menor potencia. Paralelamente, la Universidad de Tsinghua explora el proyecto SSMB, una apuesta revolucionaria que propone utilizar aceleradores de partículas gigantes como fábricas de luz centralizadas para abastecer a múltiples escáneres. Aunque los informes de inteligencia describen los prototipos actuales como máquinas Frankenstein ensambladas con óptica de segunda mano, la voluntad política y el capital invertido sugieren que subestimar la capacidad de China a largo plazo sería un error estratégico.

Pero los frentes no acaban aquí: mientras Occidente controla la maquinaria compleja, China ha respondido instrumentalizando su dominio sobre la tabla periódica. Pekín controla el suministro global de galio y germanio, esenciales para la eficiencia energética de los centros de datos y las interconexiones ópticas, así como del antimonio, vital para la industria militar. A pesar de treguas comerciales temporales, China mantiene un sistema de licencias de exportación que actúa como un grifo estratégico: puede abrirlo para aliviar tensiones o cerrarlo para estrangular sectores específicos de la tecnología occidental. Es un recordatorio constante de que, en la guerra de la IA, la vulnerabilidad de Occidente reside en la base misma de la cadena de suministro material.
En conclusión, la industria del hardware para IA ha dejado de ser un mercado global integrado para convertirse en un campo de batalla arancelario. La aceleración bursátil de ASML frente a la maduración de Nvidia confirma que el valor se está desplazando hacia la capacidad física de fabricación. Sin embargo, en este nuevo orden, Europa corre el riesgo de quedar atrapada entre la agresividad comercial de su aliado estadounidense y el control de materiales de su rival chino. La inteligencia artificial ya no es una cuestión de algoritmos inmateriales, sino de átomos, aranceles, láseres y la capacidad bruta de las naciones para grabar físicamente su soberanía en silicio.
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