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¿Cómo se legisla el 3D en España?

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La posibilidad de fabricar toda clase de objetos tridimensionales ha abierto la puerta a un mundo de posibilidades fascinantes y… también de nuevos problemas y conflictos que hasta hoy nadie se había planteado. Vamos a dar un breve recorrido por la popularización de las impresoras 3D así como por sus principios básicos de funcionamiento para poder entrar a hablar de las implicaciones legales de la impresión 3D con los conceptos base bien claros. Aunque ya te avanzamos que estamos en una encrucijada. Ahora mismo está casi todo por decidir y el territorio es como el salvaje Oeste, está pendiente de ser explorado y civilizado.

La fabricación tradicional en plástico

Posiblemente el método más económico de fabricar productos con precisión a gran escala ha sido diseñarlos para ser construidos con piezas de plástico inyectado. Esto ha sido así desde hace varias décadas, y no era algo al alcance de cualquiera ya que las máquinas y la tecnología necesaria son muy complejas pero es que, además, precisa de unos moldes que tienen unos huecos que son los que va llenando el plástico fundido a presión. Diseñar, crear y ajustar estos moldes es la parte más cara del proceso, excluyendo el coste de la máquina de inyectado, claro está.

¿Existían problemas porque algunas personas sin escrúpulos copiaban los productos de otras y creaban falsificaciones de bajo coste? Sí. Existían y siguen existiendo. Sólo tienes que visitar algún megaportal de venta de productos desde China para comprobar la enorme cantidad de “clones” de productos de grandes marcas que pululan por esas tiendas online. Obviamente a precios mucho menores que las versiones originales, claro está.

Aún así, hasta la irrupción masiva de las impresoras 3D de cierta calidad, este problema quedaba limitado en gran medida ya que era algo sólo al alcance de empresas con máquinas de inyección de plástico, que tuvieran acceso a los moldes de las piezas (y casi cualquier objeto de plástico está formado por muchas, muchas piezas, y por ello hacen falta muchos, muchos moldes para recrearlo) y pagasen por crearlos o copiarlos. En suma, que el proceso de copia, aún siendo perfectamente posible, tenía un ticket de entrada muy alto.

Las primeras impresoras 3D

Y en esto que aparecen las primeras impresoras 3D populares y revientan la ecuación. Estas ya no necesitaban un molde físico (caro de fabricar) para generar un objeto, les bastaba con un “molde” por software. Y cuando algo es 100% digital, como el caso del archivo que sirve para generar un objeto tridimensional, el resto viene detrás: se copia sin pérdidas de calidad, se puede enviar a cualquier lugar del mundo de forma prácticamente instantánea, es imposible tener el control de todas las copias de un primer original, etc. ¿Te suena lo que pasó cuando los LPs de vinilo o las cintas de vídeo dieron el salto a los CDs y DVDs digitales? Una vez convertidos en ceros y unos, no hay quien ponga límites a su copia y difusión. Según se mire es una maldición o una bendición. O las dos cosas a la vez.

Esto fue en 2008 y aunque hacía ya años que existían distintas tecnologías de impresión 3D, por aquel entonces estaban todavía muy, muy lejos del gran público. Eran aparatos costosísimos y muy experimentales. Y no sólo el aparato en sí, sino todo lo que lo rodea: el software de modelado, el software de impresión, los formatos estándares para almacenar los objetos en 3D, los filamentos plásticos, la electrónica de control, etc. Pero el movimiento Maker se puso en marcha y, pasito a pasito acabaron por dar grandes zancadas hasta llegar a los primeros modelos populares, como la Makerbot o la RepRap.

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Una de las claves de este avance está en que se fue desarrollando en comunidad, donde cada uno aportaba una parte y casi todos los que obtenían un gran avance empleaban mucho del esfuerzo que otros habían dado antes. Por ejemplo, las unidades de control de estas primeras impresoras 3D asequibles se diseñaron a partir de procesadores muy populares y de bajo coste como Arduino; los motores de desplazamiento de las máquinas eran modelos estándares muy económicos y conocidos de los aficionados a la electrónica; las placas de control de los motores eran desarrollos basados en otras existentes para Arduino con fines similares; etc. Sin querer quitarle el mérito a nadie, no hubo nadie que tuviera que inventarlo todo desde cero, gran parte de los elementos estaban allí, y faltaba unirlos para crear esta máquina maravillosa que es una impresora 3D.

Una impresora 3D por dentro

Existen varias tecnologías pero la más conocida, la más asequible y por ello la más extendida es la tecnología FDM (Fused Deposition Modelling, esto es, que van aportando pequeñas gotas de material fundido unas sobre otras). Otras tecnologías emplean polvos y materiales que los compactan, o resinas y barridos por láser, etc. En general, las impresoras FDM son las que se ven más a menudo y cuyo coste empieza en unos 350-400€ hasta unos pocos miles. El resto de tecnologías suelen ir dentro de aparatos con precios que se acercan o superan los 5.000-10.000€ y hasta donde llegue la imaginación.

¿Y cómo es una de estas impresoras 3D de tecnología FDM “estándares”? Son máquinas que tienen una plataforma de unos 20 x 20 cm que pueden desplazar hacia delante y hacia detrás debajo de una boquilla por la que salen las gotas de filamento plástico fundido. Todo el conjunto del cabezal y la boquilla también se puede desplazar lateralmente sobre la plataforma (llamada cama) y arriba y abajo. Al empezar a imprimir lo hacen pegados a la cama y, a medida que se van aportando capas, el conjunto del cabezal va subiendo poco a poco hasta crear piezas tridimensionales en material plástico. El proceso empieza con la cama vacía y el cabezal apoyado en ella y termina con el cabezal en alto y, bajo él y sobre la cama, la pieza o piezas impresas.

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El software de control de la mayoría de impresoras 3D FDM es de código abierto y emplean filamentos de 1.75mm o 3.00mm, generalmente de materiales como PLA o ABS, aunque están apareciendo otros más exóticos que son translúcidos, más flexibles o recuerdan a la madera o metal. Los programas de modelado 3D de código abierto tienen ya una gran calidad, y tanto estos como los de control de la impresión se suelen ejecutar en el ordenador del usuario. Esto quiere decir que, en la mayoría de ocasiones, el gran coste de toda la operación está en la propia impresora 3D que, como se ha avanzado antes, puede ser de sólo unos cientos de euros, y de los filamentos que “perpetremos” en nuestras primeras aventuras imprimiendo en 3D. Que no todo sale bien a la primera.

Así que prácticamente cualquiera puede entrar en el club de la impresión 3D por unos cientos de euros dando por supuesto que ya dispone de ordenador, de ciertos conocimientos técnicos y de conexión a Internet. Pero claro, esto hoy en día es como decir que millones de personas en cada país entran dentro de esta clasificación. Y cada una de estas personas, tras un breve período de aprendizaje podrá recrear todo aquello que diseñe por sí mismo o los cientos de miles de objetos 3D que puede obtener si busca por Internet. Es un panorama de cientos de miles o de millones de pequeños fabricantes de objetos 3D. Y aquí si que topamos de nuevo con la ley.

La realidad va por delante de las leyes

Los mecanismos de protección de la propiedad intelectual (IP por sus siglas en inglés) están muy desarrollados para todos aquellos contenidos cuyos soportes la mayoría de las personas podemos copiar: textos e imágenes en papel, sonidos y música, películas, etc. Pero las leyes, en general, no tienen mecanismos tan claros para proteger los objetos físicos o las partes de las que están hechos. Hasta hace muy poco era impensable que alguien clonase una pieza de un mueble de la cocina o de un electrodoméstico o que quisiera bajarse de Internet un archivo con el que poder fabricar un arma. ¿Qué limitaciones legales existen y qué responsabilidades genera difundir un objeto 3D?

Según comentaba el abogado Joaquín Muñoz, de Abanlex Abogados en las jornadas 3D MAD, celebradas en Madrid a comienzos de año, el terreno está casi por explorar. Existe protección para los diseños industriales, las patentes y las marcas tridimensionales, pero finaliza a los 20 años y existe la salvedad del “ámbito privado y con fines no lucrativos”. ¿Es lucrativo dejar de comprar una pieza de repuesto muy cara por su rareza o antiguedad para copiarla e imprimirla en 3D? Pues no está tan claro.

¿Qué aspectos concretos de la Ley de Propiedad Intelectual son aplicables a un objeto 3D creado por nosotros? ¿Y a un objeto que sea una modificación de uno existente creado por otra persona? Desde luego, el derecho de cita pensado para los textos no llega, ni por asomo, a cubrir una mínima parte de lo que sería necesario cubrir aquí ¿Cuál será el límite a la originalidad? La copia de objetos icónicos, como diseños famosos de objetos u obras de arte no hace sino complicar aún más las cosas.

¿Qué límites e implicaciones legales tienen los repositorios de objetos 3D como Shapeways, Thingiverse o Defcad? Cada paso que damos en el terreno de los objetos 3D nos hace sentir más perdidos. ¿Y qué implicaciones legales puede tener para una persona que cede su creación 3D libremente si alguien resulta dañado por un uso indebido o un mal funcionamiento del objeto 3D? La lógica invita a pensar que no existen estas responsabilidades, y menos si cedes tus creaciones sin pedir nada a cambio, ¿no? Pues Joaquín Muñoz aconsejaba dejar muy claro en las condiciones de uso asociadas al objeto nuestra falta de responsabilidad en estas posibilidades para evitar problemas en un futuro.

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Además, las copias de un objeto existente pueden parecerse muchísimo a éste o acercarse levemente dependiendo de varios factores. El primero es si disponemos del fichero original del objeto 3D o es un objeto escaneado en 3D o modelado con un programa. Si está en alguno de los últimos dos casos, ¿cómo de preciso fue el escaneado o el modelado? Avanzando en el proceso, ¿qué precisión tiene la impresora concreta que se usará en este caso? ¿Y la precisión del material de impresión a usar? ¿El proceso de impresión se produce en condiciones óptimas o el resultado es inferior por las condiciones ambientales, el mantenimiento de la máquina o la poca pericia del operario? Una vez obtenida la pieza impresa, ¿es el fabricante o el receptor de la pieza capaz de saber cómo de precisa es su reproducción? Como puedes ver, se reproducen a pequeña escala muchos de los aspectos que la industria de la fabricación ha aprendido a solventar. Sólo que aquí todo queda en manos de una persona y sus habilidades.

Todavía son una rareza las impresoras 3D que imponen limitaciones al usuario, como puede ser el usar sólo los filamentos de su marca o un software concreto, pero no es desdeñable que sea así en un futuro a medida que son modelos más comerciales y menos “Maker”. En ese caso podrían incorporar mecanismos de protección de derechos de propiedad intelectual (DRM, o Digital Rights Management) y “negarse” a imprimir objetos protegidos como sucede ahora con las impresoras de gran calidad al intentar reproducir billetes de curso legal.

Como puedes ver, son muchos los frentes abiertos en este momento por la disrupción que ha causado la impresión 3D. Y pocos, por no decir ninguno, tienen ya una solución definida y clara. La impresión 3D todavía es una rareza y no ha alcanzado al gran público, pero es cuestión de muy poco que lo haga. Y en ese momento más vale que nuestros políticos hayan hecho los deberes y preparado el terreno, porque de no ser así, ¡vienen curvas!

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