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Fallece George Laurer: la fascinante (y loca) historia del código de barras

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Lo hemos visto y lo seguimos viendo en prácticamente todos los productos que compramos. El código de barras ha revolucionado la forma en la que compramos, cómo se gestionan los inventarios y cómo trabajan las empresas de logística. Y aunque hoy en día muchas empresas utilizan sistemas más modernos, como los códigos QR o las etiquetas RFID, lo cierto es que por simplicidad y practicidad el código de barras sigue estando de plena vigencia. Si hoy vuelve a ser noticia es porque su creador, George J.Laurerha fallecido a los 94 años.

Conocido oficialmente como «Universal Product Code», el código de barras debutó de forma oficial en 1974, cuando el primer escáner adaptado para los nuevos códigos, registró 67 céntimos de dólar por un paquete de chicles de la marca Wrigley, adquirido en un supermercado Marsh en Troy (Ohio). Pero la historia de cómo se desarrolló el código de barras y cómo finalmente llegó a nuestros supermercados es desde luego curiosa.

 ¿La música de ascensor la controla la mafia?

Aunque sin lugar a dudas es a George J.Laurer a quien hay que atribuir el mérito de haber desarrollado un método de clasificación «necesario, fácil de utilizar y barato» (según sus propias palabras), podemos rastrear su origen hasta unas cuantas décadas antes.

La primera persona con la que nos encontramos en esta historia es N.Joseph Woodland, uno de los alumnos del conocido Proyecto Manhattan, que tras descartar seguir participando en ese programa que acabaría por desarrollar la primera bomba atómica de la historia, centró sus esfuerzos en el desarrollo de un sistema que mejoraba enormemente la reproducción de música en los ascensores y que acabó abandonando, cuando su padre le convenció de que la «música de ascensor» estaba controlada por el crimen organizado.

Tras ese producto que nunca fue, Woodland vuelve a la universidad y a finales de los años 40, mientras estaba finalizando su doctorado, conoce a un directivo de una importante cadena de supermercados que buscaba ingenieros expertos que le ayudasen a desarrollar un medio práctico para almacenar digitalmente los datos asociados a sus productos.

George Laurer, inventor del código de barras

Con la ayuda de Bernard Silver, uno de sus compañeros de clase, Woodland idea entonces un símbolo circular similar a una diana en el que la información podía ser codificada. El problema es que como ha ocurrido tantas otras veces a lo largo de la historia, el invento se adelantó a su tiempo: ni los escáneres ni los microprocesadores comerciales que podían interpretar los códigos estaban disponibles más allá del laboratorio técnico y algunas unidades de prueba…demasiado caras.

Saltamos ahora a 1951, cuando tras abandonar una planeada carrera profesional como técnico de televisión, George Laurer se incorpora a IBM, compañía que específicamente le encarga el diseño de una etiqueta para el sector de la alimentación basada en el modelo de Woodland -Silver y compatible con la nueva generación de escáneres.

Y todo iba bien hasta que tras los trabajos iniciales, Laurer descubre que esos símbolos circulares resultan ser demasiado borrosos cuando se reproducen en prensas de impresión de alta velocidad, por lo que los escáneres tienen dificultades para leerlos y se multiplican los fallos.

Para solucionar el problema idea lo que ya conocemos: un diseño rectangular capaz de almacenar hasta 95 bits de datos en código binario y que ofrece información sobre los productos de consumo.

Entrando en el supermercado…con «Garganta profunda»

Que el producto estuviera disponible y funcionase no quiere decir que automáticamente tuviera la puerta abierta de todos los supermercados. Merece la pena en este momento destacar la figura de Alan L.Haberman, directivo de una popular cadena de supermercados y director de la «Uniform Grocery Producto Code Council» una asociación que precisamente, tenía que decidir el tipo de código que se iba a adoptar en miles de tiendas y supermercados de todo el país.

Aunque Haberman favorecía claramente el diseño de Laurer, parte del consejo prefería estudiar otras opciones, sin que los motivos estuvieran demasiado claros.

Tanto es así que las malas lenguas cuentan que la decisión final se tomó en una famosa cena en San Francisco cuando tras una copiosa cena, Haberman invitó a los miembros de consejo al visionado privado de «Garganta profunda» probablemente la película pornográfica más famosa de la historia. Curiosamente, pocos días más tarde (abril de 1973) el código fue aceptado por unanimidad y sin que ninguno de los miembros del consejo se atreviese a expresar una opinión en contra.

En cualquier caso, la decisión resultó ser la acertada. A los pocos meses de su introducción general, el código mostró su eficacia: las líneas de caja se aceleraron en un 40%, se eliminó la necesidad de re-etiquetar los productos cada vez que cambiaba el precio y disminuyeron enormemente los errores a la hora de gestionar el inventario de los centros.

Curiosamente el código de barras nunca llegó a ser patentado por IBM, por lo que ni la compañía ni Laurer llegaron a recibir ningún tipo de pago por su uso en concepto de royalties.

 

Periodista tecnológico con más de una década de experiencia en el sector. Editor de MuyComputerPro y coordinador de MuySeguridad, la publicación de seguridad informática de referencia.

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